IV Domingo de Tiempo Ordinario
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
Las bienaventuranzas han desconcertado a los creyentes y no creyentes de todos los tiempos, pues nos seguimos preguntando por qué Jesús llama dichosos o bienaventurados a los que sufren, a los que lloran, a quienes son perseguidos o están tristes. Se trata de un texto central en el evangelio de Cristo, pero igualmente rechazado o incomprendido por muchísimos. Por ejemplo, para Federico Nietzche se trataba del fundamento de la moral de esclavos, por lo que debería ser rechazado totalmente este texto; por el contrario, para François Mauriac, se trata del núcleo del cristianismo: “Quien no haya leído nunca el Sermón del Monte no puede entender qué es el cristianismo”.
Pero vayamos a los textos evangélicos. Si ponemos cuidado a las versiones de los evangelistas, encontramos datos extraños. Por ejemplo, Mateo señala que Jesús, “viendo a la muchedumbre, Jesús subió al monte…” (Mt 5, 1-2); Lucas, por su parte, dice que “bajó con ellos y se detuvo en una llanura… y, levantando los ojos hacia sus discípulos, decía…” (Lc 6, 17.20). ¿Subió o bajó? ¿Estaba en el monte o en una llanura? Sabemos que Lucas nos da el dato histórico, mientras que Mateo nos pone, más bien, en una perspectiva teológica, es decir, ve a Jesús como al Nuevo Moisés en el Sinaí, proclamando la Nueva Ley. Lo fundamental, podemos señalarlo, es que las bienaventuranzas nos deben colocar, NO tanto en un código de leyes, sino en la opción fundamental y absoluta por los valores del Reino.
Atinadamente Bruno Maggioni señala que las bienaventuranzas “describen una única personalidad, y esta personalidad es Jesucristo. Jesús no solo proclamó las bienaventuranzas, sino que además las vivió. Antes de describir el ideal cristiano, las bienaventuranzas describen la figura de Cristo, y deberían, por lo mismo, definirnos y alentarnos a nosotros, sobre todo en las pruebas.
Recordemos que los primeros que las escucharon fueron pescadores, agricultores, arrieros, conductores de camellos y pastores. Eran los “am haarez”, es decir el «pueblo de la tierra», tal vez analfabetos y sin otro horizonte que trabajar, comer, dormir y a los pocos años morir. Sin embargo, los “am harez” de la actualidad seguimos escuchando el eco de las palabras de Jesús, no dirigidas a una élite religiosa, sino a hombres comunes y corrientes, como nosotros.
Y lo sorprendente, lo revolucionario, es que Jesús promete dicha o buenaventura ya desde esta vida. La palabra castellana “bienaventuranza” refleja muy bien el sentido de “makarios”, que es la palabra que usaron los evangelistas. Se trata de una experiencia dichosa que se alcanzará tarde o temprano, no para después de haber muerto, sino en el presente de la vida humana. El giro que le da Jesús es que todo aquello que era considerado “maldición” o “castigo” en el judaísmo, es ahora transformado en dicha. La explicación es que el gozo SE ALCANZA SOLAMENTE EN DIOS. La trasmutación la realizó Cristo cuando la maldición de la Cruz la convirtió en fuente de bendición y de vida, por medio de la resurrección. Jesús quiere decirle a los “pequeños” del Reino que al creer en Dios y servirlo totalmente, el hombre se hace feliz o dichoso, no importando la situación que esté viviendo.
El sermón de la montaña es una opción, pero es una opción por la sabiduría de Dios, que a nuestros ojos puede ser locura. Pablo afirma a los creyentes de Corinto: “Pues Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir a los que valen nada para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios”. (1 Cor 1, 26-31)
Por otro lado, yo pienso que el ejercicio de las bienaventuranzas hoy día podría ser el camino paulatino para ir encontrando la propia identidad y el sendero de la propia libertad, porque en la medida en que uno renuncia a los caminos mundanos, más nos parecemos a Jesús. Pero aclaremos, no es bienaventurado todo perseguido por la justicia (sería absurdo decir que es bienaventurado un narcotraficante o alguno de los políticos en el mundo), tampoco es bienaventurado todo el que llora (algunos lloran el fruto de su egoísmo y falta de amor). No, por eso Jesús señala las condiciones: ser pobre de espíritu, sufrir por el Evangelio, buscar y construir la justicia y la paz, ser misericordiosos, vivir limpios de corazón, ser perseguidos injustamente o por causa del Evangelio de Cristo. Todos ellos recibirán el premio de Dios, todos ellos serán ciudadanos del Reino, ellos son los bienaventurados.
Una pregunta que me hice por muchos años fue la siguiente: ¿por qué los que viven las bienaventuranzas pueden ser felices, dichosos, según Jesús? ¿Por qué los ama Dios de modo especial a esos “pobres” o sufrientes? Me explico, ¿cómo puede una persona minusválida o enferma, padecer mucho y llegar a la plenitud del Evangelio, cuando todo tipo de sufrimiento es considerado por casi todos como una desgracia? Creo que la respuesta es que este tipo de personas: los enfermos, los abandonados, los perseguidos por su fe, los incomprendidos porque buscan construir la paz, etc., todos ellos se han arriesgado a vivir a Dios en la tierra; es decir, se han decidido a amar no por lo que sufren o padecen, sino a pesar de lo que viven, pero en una comunión total con Cristo. Esa es la clave.
Recordemos un texto de Pablo que enviaba a la comunidad de Roma: “¿Qué podrá apartarnos del amor de Cristo?, ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Todo esto lo superamos gracias al que nos amó” (Rom 8, 35-37). Con Jesús, se puede vencer cualquier cosa. Podríamos decir lo mismo de Pablo, aplicado a nuestra realidad: “¿Qué podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿los problemas familiares? ¿la pérdida del trabajo? ¿la enfermedad que nos ha postrado por años? ¿la debilidad o la vejez? ¿las tentaciones de toda índole? ¿la sensualidad incontrolable? ¿la calumnia, la crítica, le envidia, el odio o el rencor contra nosotros? Como el mismo San Pablo, podemos decir: “todo eso lo superamos gracias al que nos amó”. Es cierto, nuestro lugar de dicha es Jesús; es en Él que somos bienaventurados.
Pues bien, ser “bienaventurado” para Cristo, no es la tragedia del estoico, no es tampoco la actitud enferma del masoquista. No, por el contrario, se trata del ofrecimiento sereno, consciente, lleno de fe y abierto a la esperanza del que solamente sabe amar y ofrecer lo que le queda en las manos. Por eso es “bendito” a los ojos de Dios. Porque hay gente que padece con amargura, llena de rencores hacia Dios a quien acusa y hacia el prójimo a quien envidia; y los hay que, en las más radicales carencias, son felices, como Francisco de Asís.
Cuando se viven las bienaventuranzas, entonces aparece la alegría. El Padre José María Cabodevilla comenta una anécdota que vale la pena ser citada, pues nos recuerda que a veces en la Iglesia hacemos las cosas mal. Dice:
Pero la alegría, como la teología, «explica a Dios y conduce a Dios». Pocas cosas, por el contrario, alejan al hombre de Él como la tristeza, mal del alma advertido ya enérgicamente por los monjes egipcios del siglo IV.
La tristeza fué durante mucho tiempo el octavo pecado capital, hasta que San Gregorio Magno lo fundió con la pereza, pero dando a este vicio conjunto el nombre de tristeza, nombre que luego fué transmutado definitivamente por el de pereza. El cambio de nombre, la desaparición del término «tristeza» de los catálogos de moral, ha contribuido a reducir y casi extinguir la importancia de los pecados contra la alegría, que los penitenciales de la primera Edad Media castigaban severamente.
Si la bienaventuranza genera la alegría de vivir la fe, la tristeza tiene también sus hijos que, muy claramente declara Cabodevilla:
La tristeza agosta el espíritu, marchitando toda vida interior. Acarrea consigo el tedio y fastidio de las prácticas piadosas y la repugnancia al ejercicio de cualquier virtud. Hace al alma sumamente vulnerable a los ataques del demonio. Por eso San Francisco de Asís calificaba la alegría de «segurísimo remedio contra las mil insidias del enemigo». Claro, existen tristezas naturales y buenas, como la tristeza que se siente por pérdida de un ser querido, o por la compasión hacia alguien que padece, tristeza buena la de Cristo antes de su muerte en la Cruz; pero luego de colocar esas tristezas en Cristo, son trasmutadas en alegrías nobles que generan, al final, una esperanza renovada.
Un santo “bienaventurado” que no solamente sufrió por Cristo, sino que le cortaron la cabeza por su fidelidad a la fe católica, Santo Tomás Moro, compuso sus bienaventuranzas, como una forma de ver gozosamente la vida iluminada con la luz de Cristo. Yo las veo como complemento o explicación de las de Jesús. Dice el santo inglés:
Bienaventurados los que saben reírse de sí mismos, porque nunca terminarán de divertirse.
…
Bienaventurados los que saben escuchar y callar, porque aprenderán cosas nuevas.
Bienaventurados los que son suficientemente inteligentes, como para no tomarse en serio, porque serán apreciados por quienes los rodean.
Bienaventurados los que están atentos a las necesidades de los demás, sin sentirse indispensables, porque serán distribuidores de alegría.
Bienaventurados los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas y con tranquilidad las cosas grandes, porque irán lejos en la vida.
Bienaventurados los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desprecio, porque su camino será pleno de sol.
Bienaventurados los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar, porque no se turbarán por los imprevisibles.
Bienaventurados ustedes si saben callar y ojalá sonreír cuando se les quita la palabra, se los contradice o cuando les pisan los pies, porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón.
…
Bienaventurados sobretodo, ustedes, si saben reconocer al Señor en todos los que encuentran, entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría.
Quise recordar estas bienaventuranzas de Santo Tomás Moro, porque él nos da la clave de interpretación: no se es feliz o bienaventurado por solamente sufrir, o llorar, sino que hay que SABER reconocer a Cristo en esos momentos; y entonces vivirlo con él (ayúdame, Señor) y por él (te lo ofrezco, Jesús). En ese momento la paz y la tranquilidad llegará al corazón, y el Reino de Dios empezará a florecer en nuestras vidas. Repito, allí está el sentido evangélico de las bienaventuranzas: el mal es superado, solamente cuando nos injertamos en el amor de Cristo, porque su amor es redentor y transformante. Cuando se vive amando en Dios y por Dios, toda pena terminará por desvanecerse, por aligerarse… es cuando realmente seremos bienaventurados.
Tomado de TotusNoticias.com

