Primera Lectura
Hebreos 2, 14-18
Hermanos: Todos los hijos de una familia tienen la misma sangre; por eso Jesús quiso ser de nuestra misma sangre, para destruir con su muerte al diablo, que mediante la muerte, dominaba a los hombres, y para liberar a aquellos, que por temor a la muerte, vivían como esclavos toda su vida.
Pues como bien saben ustedes, Jesús no vino ayudar a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham; por eso tuvo que hacerse semejante a sus hermanos en todo, a fin de llegar a ser sumo sacerdote, misericordioso con ellos y fiel en las relaciones que median entre Dios y los hombres, y expiar así los pecados del pueblo. Como él mismo fue probado por medio del sufrimiento, puede ahora ayudar a los que están sometidos a la prueba.
Salmo
Salmo 23
R. El Señor es el rey de la gloria.
¡Puertas, ábranse de par en par; agrándense portones eternos, porque va a entrar el rey de la gloria! Y ¿quién es el rey de la gloria? Es el Señor, fuerte y poderoso, el Señor poderoso en la batalla. ¡Puertas, ábranse de par en par; agrándese, portones eternos, porque va a entrar el rey de la gloria! Y ¿quién es el rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el rey de la gloria.
Evangelio
Lucas 2, 22-40
Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.
Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:
«Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo,
según lo que me habías prometido,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien de todos los pueblos;
luz que alumbra a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel».
El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: «Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.
Ana se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.
Reflexión
Hoy es la Presentación del Señor. Hoy también se celebra el día de la vida consagrada. 2 de febrero, no es solamente el día de la Candelaria cuando, a quien le tocó el muñequito de la rosca de Reyes, nos tiene que traer los tamales.
Es un día muy especial, el día de la Presentación del Señor, día en que la Iglesia celebra a la vida consagrada, día para agradecer a todos esos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, han respondido a la invitación del Señor a seguirle con totalidad para extender su Reino y a transmitir la alegría del Evangelio.
Por otro lado, también les invito a que, como María y José, llegaron con el Niño Jesús al templo para presentarlo y consagrarlo a Dios, por eso es el día de la vida consagrada, que nosotros también, cada uno de nosotros, nos pongamos en ese niño.
María y José llevaban al Niño Jesús a presentarlo al Señor. Nosotros vamos en el corazón de Jesús. Pongámonos nosotros ahí también, pongamos nuestra familia y consagrémosla al Señor, pongamos nuestro matrimonio y consagrémoslo al Señor, pongamos a nuestros hijos y consagrémoslos al Señor.
Nosotros vamos en ese corazón, en el corazón de Jesús que se presenta al Padre. ¿Quién mejor que Dios Padre para cuidar de todo y de cada uno de ellos? ¿Quién mejor que Él para proteger, para guiar, para equiparnos con todo lo que necesitamos para alcanzar la felicidad? La felicidad y la paz que Él mismo nos prometió.
Acerquémonos, pues, con mucha confianza y con mucho amor al centro de ese corazón del Niñito Jesús y dejemos que Él ponga todo lo que lleva nuestro corazón, ahí, a los pies de Dios Padre, y dejémosle lo más sagrado que tenemos: nuestra familia, nuestro matrimonio, nuestros hijos, nuestros amigos.
Hoy agradezcamos a Dios por nuestro Bautismo, por nuestra Primera Comunión, por todos aquellos hombres y mujeres consagrados que nos han guiado y nos siguen guiando a lo largo de toda nuestra vida.
Esta reflexión del Evangelio fue escrita por:
Paola Treviño, consagrada del Regnum Christi.