III Domingo de Pascua
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
Un viejo amigo de la Universidad que, como buen universitario egresado de la facultad de ciencias políticas, se dice y se siente entre agnóstico y ateo, gusta llamarme ocasionalmente y que nos veamos para que, acompañados de una taza de café, podamos charlar y compartamos momentos de amistad. Por supuesto, cada vez que nos vemos, nuestra charla desemboca en el inevitable tema sobre Dios y la Iglesia. Y él tiene una curiosidad inmensa en nosotros los creyentes; le parece impensable la fe. De él podemos decir lo que decía Unamuno de los ateos: “les duele Dios”.
Empecemos con afirmar que la experiencia de fe va más allá de la convicción de que Dios existe. Podemos decir que la fe ilumina también ciertas áreas del cosmos, de nuestra humanidad y nuestro destino. Como hombres de fe, podemos preguntarnos, por ejemplo: ¿Qué puede darle sentido al Universo? ¿de qué serviría amar si todo termina con la muerte?, ¿sirve de algo luchar cada día, buscar incansablemente la felicidad, vivir honestamente, si todo terminará en la nada?
¿De verdad Dios se da cuenta de la maldad en el corazón de líderes políticos, o de los que roban y hacen mal a los demás? ¿Al morir, llegarán estas personas al “otro lado” indemnes, a pesar de haber actuado mal contra el prójimo?
Estas preguntas se las hice a mi amigo la última vez que nos vimos. En aquella ocasión cité a Dostoievski quien escribió aquello de que: “si Dios no existe todo está permitido”. Y le explicaba que a lo que se refería Dostoievsky era que si cosas como matar o no matar, pisar al débil o no pisarle, usar la técnica para poner en marcha un tractor, inventar una vacuna o un campo de concentración o vender drogas… son actos neutrales, entonces se borraba el límite entre el bien y el mal. Es decir, que sin Dios, y sin el compromiso de actuar según sus normas, todo sería absurdo, pues nadie valoraría nuestro actuar y, además, todo terminaría por perder consistencia y razón de ser en la vida humana.
Además, le decía a mi amigo, el cristiano cree en Dios, no solamente para sus adentros, como la persona que cree que la materia está formada por minúsculos átomos que nunca ha visto, sino que está dispuesto a transformar su vida y la de los demás por medio de los valores del Evangelio, dispuesto a dar su vida por Jesús a quien conoce y ama a partir de la fe. Es verdad, si no exisitiera Dios o la resurrección de los muertos, no habria opción por el bien, ni el deseo de sacrificar la vida por los demás. El Padre José María Cabodevilla añade en un hermoso librito que vale la pena leer, de título: “El Cielo en palabras terrenas”, que todas las cosas grandes y bellas de esta vida son reflejo de lo que Dios nos dará en el cielo, pues, señala de manera elocuente: si “no existe tal encuentro con Dios, no volveré a ver a las personas que he amado, nunca será posible la fraternidad universal, Jesús de Nazaret y su madre bendita se pudrieron para siempre bajo
tierra…”. Por el contrario, el cristiano de verdad espera con tanta ansiedad el encuentro con Dios y sus seres amados en la resurrección, con la misma fuerza con la que amó este mundo y todas las cosas bellas que hay en él. Por eso me gustan tanto las palabras de George Bernanos, quien antes de morir, pedía que en su epitafio escribieran las siguientes palabras: “Cuando yo me haya muerto, decidle al dulce reino de la Tierra que le amé mucho más de lo que nunca me he atrevido a decir”.
Personas como mi amigo, así como muchos cristianos que no han entendido su fe, se parecen a los personajes del Evangelio del día de hoy (Lc 24, 13-35), donde narra el evangelista el encuentro de Jesús con dos discípulos escépticos y derrotados. Para ellos la historia de Jesús había sido algo bueno, pero que al final terminó mal, muy mal pues al Maestro lo mataron en la Cruz. Para ellos, Jesús no funcionó ni como profeta ni como libertador mesiánico. Vean cómo lo expresan: “Lo de Jesús el Nazareno, que era un profeta poderoso en palabras y en obras, ante Dios y ante el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel…”
Es verdad, si Dios no existiera, o si Cristo no resucitó, todo, absolutamente todo, sería un absurdo y la vida humana, sobre todo la existencia de los humillados y de los que sufren en la historia humana, no tendrían otro destino que un fin y acabamiento total, como pensaban los discípulos de Emaús. Muchos ateos y cristianos somos esa imagen de los discípulos desconfiados, derrotados y tristes que creen que creen, pero no están del todo convencidos sobre el significado de la resurrección de Jesucristo.
Sin embargo, la fe nos dice que Dios no es indiferente a la historia humana, y que cada vida que pisa este planeta tiene ante sus ojos un valor infinito porque, como dijera san Pedro, fuimos comprados a precio de la sangre de Cristo; y que, sabemos, todos participamos de ese “regalo” de vida y de perdón. Y ese es el centro del anuncio del Evangelio: Cristo ha resucitado. Así es, el centro de la Revelación no se queda en la afirmación de la existencia de Dios, sino que, además, señala que Dios es amor y un amor resucitado por nosotros y para nuestra dicha eterna.
Porque la Resurrección de Jesús es la última razón de nuestras vidas, y es la más grande de todas nuestras alegrías. No debe haber esperanza que no venga, directa o indirectamente, de ese gozo. Pero hay algo más. La resurrección es el anuncio de una creación nueva que inició el día en que el sepulcro quedó vacío. Y desde ese día el Universo va siendo transformado, y nosotros tenemos el compromiso de plasmar la vida resucitada en las cosas que hacemos y vivimos. ¿Cómo?
-Hoy parece que toda la cultura materialista apunta a que no creamos en Dios (pues, dicen los escépticos, Dios guarda silencio ante el mal del mundo); y nosotros respondemos con una fe que vence toda fuerza de mal y muerte.
- Frente a un mundo que nos invita a que no creamos que Dios existe, pues todo se dirige a un futuro novedoso y maravilloso sin Él (aunque sabemos que la videncia va en rumbo opuesto: sin religión todo va de mal en peor); nosotros respondemos diciendo que optamos por su Reino de justicia, de paz y de amor.
- Aunque la realidad que vemos nos hace dudar si es bueno estar del lado de los buenos, cuando los malos ganan millones de dólares y viven como príncipes, haciendo de su vida lo del dicho de que “el que no tranza, no avanza” (y hay muchos cristianos que creen ahora en la inutilidad de la fe y la esperanza y prefieren pasarse del lado de los malos). Nosotros preferimos construir la civilización desde Dios y desde su amor redentor, aunque no se vean los frutos.
Pero debemos estar convencidos que la resurrección de Jesús es una página inédita en la historia del hombre y del Universo; una historia en la cual se nos pide participar amparados solamente por la fe y la esperanza. La resurrección que nos dice que Dios no es neutral ante las decisiones del hombre, de modo que dará su vida divina a los que lo aceptaron con fe y vivieron dando prueba de ello; y dará la condenación eterna a quien lo negó, si no de palabra, sí por su actuar, pues sus obras hacia los hermanos fueron de destrucción y de muerte.
Volviendo a mi amigo ateo. Al final le explicaba que lo maravilloso del Dios cristiano es que, por la resurrección, se nos revela que la eternidad y divinidad vinieron a nosotros trayendo todo el bien y la bondad de Dios a este mundo. Y por esta misma resurrección del Señor, el cielo se ha llenado de todo lo bueno y bello que podemos imaginar: un cielo lleno de risas de los niños, de abrazos de los padres a los hijos, de pecadores que regresan a los brazos del padre, de perdones y lágrimas de encuentro, de música y cantos de alegría, de la presencia de Jesús y María, acompañados de tantas personas que han construido el Reino de Dios; sí, le decía a mi amigo: “a ese cielo es al que quiero ir”.
Así es, hace muchos años nuestro hermano Jesús nos enseñó a derribar muros, al remover la piedra de su sepulcro. Nos mostró un rostro de Dios que no hubiéramos imaginado y nos invitó a creer en él y a difundir su presencia y su amor entre los hombres.
Este dato de la resurrección modifica nuestra visión del hombre y también de Dios. Del hombre, porque entonces vale la pena serlo en plenitud, en todos los aspectos de nuestra humanidad, en la esperanza del regalo de la resurrección; de Dios, porque ha dejado de ser alguien lejano y ajeno a nosotros y se convierte, Él mismo, en razón de nuestra esperanza y fundamento de nuestra fe. Esto es exactamente lo que Pedro decía a la Iglesia:
El evangelio de Lucas termina señalando la experiencia de los discípulos de Emaús con una frase dirigida a los cristianos de todos los tiempos: que la Eucaristía es el signo del encuentro con el Señor Resucitado, quien empieza ya a darnos “pedacitos” de eternidad por este sacramento; por eso termina el relato con la frase: “Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24, 35).
El Padre salesiano F. McCarthy, SDB, nos regala una oración sobre la resurrección, que ilumina nuestra reflexión:
Todos experimentamos momentos de muerte en nuestra vida.
Sentimos los preludios de la muerte, cuando nos invade la amargura, cuando nos envuelve la soledad, cuando el miedo nos oprime, cuando la tristeza nos abruma
y cuando nos rendimos a la desesperanza.
Son momentos en los que el cielo se cierra sobre nosotros,
y nos sentimos con un pie en la tumba.
Pero también sentimos, en nuestra vida, otros momentos de resurrección:
cuando encontramos un amor verdadero, cuando somos aceptados,
cuando nos han perdonado,
cuando abrimos el alma a nuestro prójimo y cuando nos vuelve la esperanza.
Momentos en los que se nos abre el horizonte y resurgimos desde la tumba.
Señor Jesús,
que el poder de tu resurrección
toque todo lo que está en nosotros muerto, y lo devuelva, otra vez, a la vida.
Que el esplendor de tu resurrección ilumine el mundo entero,
ahuyentando las sombras de la muerte y ayudando a los hijos del Padre
a caminar en la luz de la esperanza hacia el Reino que ya llega. Amén.
Tomado de TotusNoticias.com