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Portada » No dejemos para mañana el amor y el perdón que debemos dar hoy
Evangelio del Domingo

No dejemos para mañana el amor y el perdón que debemos dar hoy

EnRedConDios
Última actualización: septiembre 6, 2026 7:10 am
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15 Min de Lectura
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Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

En la Biblia, el desarrollo de la moral tuvo un progreso paulatino al paso de los siglos, hasta llegar a Jesucristo, plenitud de la revelación y meta de lo que todo hombre debe alcanzar. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento se decía que los pecados que cometía una persona, Dios los hacía pagar al individuo en esta vida y, de no poder hacerlo, debería pagar la descendencia, idea que Jesús rechazará totalmente.

Con todo, los hombres del Antiguo Testamento tenían una conciencia muy fuerte del pecado y de la responsabilidad común ante Dios; Ezequiel explica que el castigo del exilio se debe al pecado del pueblo, de sus gobernantes y de los sacerdotes. Todos ellos, infieles e idólatras, fueron la causa de la deportación. Pero en este capítulo en particular advertirá sobre la responsabilidad personal frente a Dios y de que cada uno deberá dar cuenta de sus pecados.

El pasaje del profeta Ezequiel (Ez 33, 7-9) ilustra muy bien esa solidaridad en el bien o en el mal; en el texto, el profeta asume la responsabilidad de la conversión: “Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré cuentas a ti de su vida”.

Es decir, si alguien era culpable de algún pecado, el profeta tenía la obligación de “advertirle”, de llamarle al cambio. Si continuaba en su vida de maldad, él era responsable ante Dios de su destrucción, y si el profeta no le advertía, Dios le pediría cuentas al profeta de la suerte del pecador.

Si el pecador era amonestado, pero se negaba a cambiar de vida, la culpa sería solamente suya y el profeta no sería responsable. Notemos que es ya un anuncio de la revelación del Nuevo Testamento, en donde Dios se revela como misericordia total, pero con el añadido de que cada uno es responsable de su destino. Debe, por lo mismo, después de experimentar el perdón divino, hacer lo mismo con el hermano.

Es cierto, Jesús continuará en esa línea profética, indicando que la Iglesia está bajo la luz del amor de caridad, por lo que todos en ella somos responsables los unos de los otros, y todos tenemos la responsabilidad de la salvación del hermano.

De hecho, existe una progresión en el texto del Evangelio (Mt 18, 15-20) que nos describe ya una praxis de la Iglesia primitiva: no se puede llegar a la oración de petición si no hemos pasado antes por el proceso de conversión y corrección. Pero hay un límite, al igual que en Ezequiel: si el individuo se niega a escuchar a una persona, a dos o a la comunidad misma, debe ser rechazado, puesto a un lado. Y no es que la comunidad falte a la caridad por el hermano, sino que se le concede a la persona seguir la opción que ha elegido; es libre de decidir el bien o el mal.

Los hechos muestran que seguimos sin cambiar, pues, a pesar del camino del amor mostrado por Jesús, nuestro modo frecuente de actuar no es que busquemos la “conversión” o el “arrepentimiento” del otro, sino su destrucción, y a eso, por desgracia, curiosamente lo llamamos justicia.

Cuando Dios revela su nombre en el libro del Éxodo, su actuar ante el pueblo es “misericordioso y compasivo” (rahum wehannun; Ex 34, 7). Después del exilio, Israel invocará a Dios como “Dios de los perdones” (eloah selihot; Neh 9, 17; cf. Dn 9, 9). Más tarde, Cristo se presentará como el “perdón encarnado”, como el amor y perdón definitivos.

Es por eso por lo que, más que un simple mandato, vivir la misericordia y el perdón significa entrar en la corriente del amor de Dios, que perdona, sana y salva.

Cristo no murió para perdonar a unos pocos; ni cuando estaba a punto de morir en la cruz pidió al Padre perdón por los apóstoles solamente, sino que todos los seres humanos, nacidos y por nacer, estaban siendo perdonados por su amor en la cruz y, por esto mismo, así debe actuar todo cristiano. Pero es evidente que no lo entendemos todavía.

Cuando Jesús está a punto de expirar, dice unas palabras que han sido traducidas como: “Todo está cumplido”, y es verdad, pero la expresión tetelestai (Jn 19, 30) expresa algo más profundo. Esta palabra se usaba cuando se pagaba toda la deuda, por lo que Jesús señala que el perdón de Dios por toda la humanidad se ha realizado; la obra de redención se ha cumplido. A diferencia de los sinópticos, Juan expresa por medio de esta frase el triunfo de Cristo sobre las fuerzas del mal que degradan y destruyen al hombre. Pero no valoramos todavía la grandeza de la misericordia de Dios.

Cuando juzgamos a las personas, ¡cuántos errores cometemos al no entender sus motivaciones! Casi siempre emitimos juicios precipitados, o elucubramos y fabricamos sospechas temerarias. La verdad es que, de los demás, solamente percibimos algunas manifestaciones externas que esconden todo un universo interior de soledad, incomprensiones, historias personales llenas de tristezas, abandonos, traiciones, etc.; pero son realidades que solamente la persona y Dios conocen.

Y, sin embargo, emitimos juicios rotundos, definitivos, inapelables, y luego, armados con la espada de una aparente justicia, nos subimos al pedestal de los justos para condenar a la otra persona.

¿Cuántas divisiones familiares se cambiarían por atenciones y gestos de amor si el marido o la mujer se comprendieran el uno al otro, luego de un largo día lleno de dificultades? ¿Qué distinta sería la convivencia en el trabajo, en el tráfico de la ciudad, si nuestros juicios estuvieran matizados por la caridad y la prudencia?

Dios, que conoce nuestra debilidad y las raíces mismas de nuestro actuar humano, comprende, justifica y perdona siempre; los seres humanos, que desconocemos el corazón de las personas, formulamos con frecuencia juicios negativos o condenatorios y muchas veces gratuitos, y no perdonamos.

Solamente la caridad puede detener un juicio precipitado; solamente el amor iluminado por la fe puede ver más allá de las apariencias.

Por eso Pablo decía a la comunidad de Roma: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo ha cumplido ya toda la ley”, y añade más tarde: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie. Así pues, cumplir perfectamente la ley consiste en amar” (Rm 13, 8-10).

La comprensión lleva a juzgar a los otros como desearíamos que nos juzgaran a nosotros, con serenidad, mirando el bien y la salvación del otro, no su destrucción. San Bernardo decía:

“Aunque vierais algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia o por sorpresa o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces creedlo así, y decid para vuestros adentros: la tentación habrá sido muy fuerte”.

Cuando nos esforzamos por ver la parte positiva de los demás, es posible ayudarles, entendiendo que no son peores que nosotros, sino que, ante Dios, todos necesitamos misericordia, además de que no podemos gastar la vida llenándola del vinagre del rencor.

Veamos y actuemos siempre como actuó Cristo ante los pecadores: la mujer samaritana, el buen ladrón, la mujer adúltera, Pedro y sus negaciones, Tomás el apóstol que se muestra incrédulo ante la resurrección, y tantos otros que a lo largo de los siglos se sintieron comprendidos por el Señor y juzgados con benevolencia, y eso les ayudó a cambiar para bien. La razón es que Jesús sabía que, junto a sus errores, eran capaces de un amor más grande y de una vida nueva; necesitaban solamente una oportunidad, una mirada compasiva, un acto de misericordia.

No olvidemos que la medida que usemos con los demás en esta vida será la misma que se usará en el Juicio para medir la nuestra y, de hecho, es lo que decimos diariamente al rezar el Pater Noster.

Muchos llegamos a pensar que deberíamos volver a vivir para corregir tantas cosas mal hechas en la vida. En la confesión me he encontrado personas que se arrepienten, ya muy tarde, de no haber perdonado a sus padres, de no haber dicho “te amo” a su esposo o esposa antes de que murieran; arrepentidos de haber estado más preocupados por el partido en la TV que por la tristeza o soledad del cónyuge o del hijo. Es cierto, la mayoría de nosotros adolecemos de miopía espiritual.

Yo les digo, hermanos, que lo maravilloso de la vida es que, viviendo en la fe, nunca es tarde para recomenzar de nuevo, como san Pedro, a quien Jesús le dio muchas oportunidades para volver su amor auténtico, y Pedro lo logró al final, pues se convirtió en un apóstol digno de Cristo. Para nosotros, el peligro sería llegar al final de la vida sin poder ya hacer nada o no corregir nuestra relación con los demás.

Es por eso por lo que yo creo que es mejor descubrir, aunque sea tarde, la necesidad del perdón y del amor a las personas con las que Dios quiso que compartiéramos la breve vida que nos dio. El padre Brennan Manning dice que la periodista y humorista Erma Bombeck escribió en su columna lo siguiente, como una confesión de no haber hecho lo correcto en el momento oportuno:

“Habría invitado a mis amigos a cenar aunque la alfombra estuviera manchada y el sofá desteñido. Me habría sentado en el césped con mis hijos sin preocuparme por las manchas del pasto. De ningún modo podría comprar algo sólo porque fuera práctico, porque resistiera las manchas o porque tuviera garantía de por vida. Cuando mi hijo me besara impetuosamente, jamás le habría dicho: «Más tarde. Ahora lávate las manos para la cena». Hubiera habido más te amo, más perdóname, pero más que nada si tuviera otra oportunidad, aprovecharía cada minuto, lo miraría viéndolo realmente, lo viviría y nunca lo devolvería”.

Tiene razón Erma, no existe mayor arrepentimiento que no haber dado la oportunidad al amor y al perdón al otro a lo largo de la breve vida. Recuerdo que nunca había visto llorar a una persona con tanta tristeza y desesperación como a un muchacho joven que no pudo estar con su padre para pedirle perdón, pues cuando llegó al lecho de su papá, este acababa de morir.

Ese día descubrí que hay que amar y perdonar hoy, y no dejar para mañana lo que tal vez nunca se podrá hacer.

Ojalá nuestro corazón se abra a la urgencia del amor y del perdón, pues todavía podemos hacerlo. Me quedo al final con el poema del poeta español León Felipe, quien dejó el resumen de su vida con el poema de título “Perdón”. Primero, constata que su vida ha sido un camino de ofensas y de faltas de perdón; dice:

Soy tan viejo,
y se ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido
y ya no puedo encontrarla
para pedirla perdón.

Y como ya no están entre nosotros las personas que había ofendido, cree que debe hacerlo, aunque sea a un mendigo, sin olvidar la fuerza de las ofensas y la fragilidad humana:

Ya no puedo hacer otra cosa
que arrodillarme ante el primer mendigo
y besarle la mano.
Yo no he sido bueno…
quisiera haber sido mejor.
Estoy hecho de un barro
que no está bien cocido todavía.
¡Tenía que pedir perdón a tanta gente!
Pero todos se han muerto.
…

Entonces resume su vida y su oración en la palabra que sintetice todo: el perdón al ofendido.

Voy perdiendo la memoria
y olvidando todas las palabras…
Ya no recuerdo bien…
Voy olvidando…, olvidando…, olvidando…;
pero quiero que la última palabra,
la última palabra, pegadiza y terca,
que recuerde al morir
sea ésta: PERDÓN.

Tomado de TotusNoticias.com

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