No temo porque voy contigo…

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XII Domingo de Tiempo Ordinario

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

El Padre Joaquín Antonio Peñalosa fue un gran sacerdote, además reconocido periodista y escritor. Nos dejó varios libritos bellísimos. En uno de ellos, de título “Diario del Padre Eterno”, describe lo que tuvo que ser para Adán la primera noche de la historia, cuando empezó a anochecer. Acostumbrado a la luz deslumbrante de la recién nacida creación tuvo su cabeza que llenarse de preguntas cuando el primer sol se ocultó en el horizonte y la oscuridad se apoderó del mundo. Tal vez se volvió a Dios para preguntarle si era que «se acababa el mundo o que se había quedado ciego» y experimentó por vez primera el miedo.

Y quizá dijo, apunta Peñalosa: «Es terrible esta demolición No puedo ver ni la cerca­nía de mis manos. Del paraíso no ha quedado sino un frío montón de sombras. Hoy sé que eran vanos los tesoros del día.»Y le gritaría a Dios para inquirir «… Me has dejado ausente del mundo, fuera de mi casa, perdido en un túnel infinito. Ciego y aterrado. ¿Qué hiciste con el sol, Padre?»

Efectivamente: esa noche que nosotros aceptamos con toda normalidad, como parte del tiempo, porque sabemos por experiencia que mañana regresará el sol, ¿qué tuvo que ser para quien no la conocía, para quien no podía saber si mañana regresaría el sol?

Sin duda para él tuvo que ser doloroso ir descubriendo que había partido el tiempo en dos, y que la noche y el día eran para cosas distintas (trabajar y descansar), pero las dos eran partes integrantes de una misma realidad temporal. Y tal vez hasta llegó a descubrir que el mundo no sería agradable si sólo existiese, siempre a todas horas, la luz cegadora del sol. Entendería que la vida humana se apoya en esas dos columnas del día y la noche, y descubriría que hasta tal punto nuestro cuerpo se acostumbra a esa alternancia.

Escribo todo esto pensando que, si en lo cronológico hay un día y una noche, también en el camino de la felicidad humana hay días y noches, horas de gozo pleno y horas de dolor, esperanzas y amarguras, días o meses en los que todo lo vemos claro y otros en los que la oscuridad invade los ojos del alma. ¡Y ambos son parte de la realidad! Justamente porque no entenderíamos qué es la dicha si antes no hubiéramos conocido la tristeza y el dolor. No sabríamos qué es la seguridad y confianza si no hubiésemos experimentado alguna vez el temor.

Nuestra vida es un ir de la seguridad a la inseguridad, de la confianza a la desconfianza, de la oscuridad a la fe. Y Dios se vale de nuestras experiencias humanas para hablarnos, para revelarnos su amor y para indicarnos el camino correcto a seguir. NO es malo que nos pasen cosas, es lo normal como el día y la noche, lo malo está en que nos dejemos vencer por el temor y por la desconfianza.

Jeremías el profeta tuvo sus momentos de terrible oscuridad, de persecución, de “chismes” para destruirlo. “Oía el cuchicheo de la gente… vamos a delatarlo… lo abatieremos, le tomeremos y nos vengaremos de él” (cf. Jer 20, 1013).

Pero supo confiar en Dios para sobreponerse al temor. Lo mismo a nosotros, Dios nos advierte que el remedio para cualquier temor es siempre la fe. Un fe que nos dice que junto a nuestros sufrimientos está Dios; la fe que apunta que en la persecución nuestra fortaleza es Dios, incluso en la muerte nuestra resurrección es Dios: DIOS LO ES TODO. Por eso mismo, el profeta afirma con seguridad: “Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo.” (ibid).

Esto es lo que Jesús nos dice en el Evangelio. En primer lugar, no deberemos temer a ningún hombre, ni a su maldad contra nosotros. Tampoco debemos temer inclusive a los que desean lastimarnos o matar el cuerpo. Así, Jesús señala los motivos para tener confianza. Primera razón: Dios Padre conoce a cada uno de nosotros hasta lo más profundo de nuestro ser (pues Dios es el intimeor meo, lo más íntimo de mí, como decía San Agustín). El segundo motivo es nada menos que el mismo Jesús; él es el compañero y juez de nuestras vidas, Él es la luz en nuestras oscuridades y la fortaleza en nuestros miedos.

Hay que tener miedo, eso sí, pero miedo a perder la fe y alejarse de Dios; a convertirnos en despreciables, déspotas, egoístas; hay que tener miedo a la esclavitud de los vicios, hay que tener miedo a caer en la oscuridad de nuestra mente soberbia, miedo a vivir en la mentira, miedo a no encontrar sentido a la vida, miedo en definitiva a que todo acabe en la nada o en el sufrimiento sin esperanza. Hay que tener miedo a no saber vivir como hombres e hijos de Dios.

Por eso Jesús dice que no hay que tener miedo a los hombres, sino a separarnos de Él, que es el origen de la vida. Y el hombre se separa de la fuerza y energía vital cuando olvida que somos criaturas que vivimos por un tiempo en un lugar en donde debemos fructificar.

El Padre Francisco Fernández-Carvajal en una meditación platica la anécdota que le compartió un amigo suyo; un padre de familia que había salido de excusión con su hijo y un día decidieron dar un largo paseo por la montaña. Iba acompañándolos, además, un amiguito de su hijo, más pequeño. Estuvieron caminando felices y dejaron pasar los minutos y, cuando se dieron cuenta, empezó a anochecer. El camino estaba muy bien marcado y era seguro, pero la luz de la luna hacía que las cosas proyectaran sombras inmensas. Entonces tomó la mano del amigo de su hijo, el más pequeño, y le preguntó:

– ¿Tienes miedo?

No, contesto el chiquitín. Y añadió inmediatamente el pequeño:

– No tengo miedo, porque voy contigo.

El amigo del Padre Carvajal le comentó que la declaración del niño le llegó al corazón y lo sacudió, por la confianza que el pequeño había puesto en sus manos. Gran lección: como el niño, nuestro amor al Padre y a Jesucristo deberían de ser tan grandes, que todos nuestros temores se alejen, y no porque cerramos los ojos a las posibles amenazas o personas que lastiman, sino porque sabemos quién es Dios. Por eso san Juan decía en una de sus cartas que “el que teme no es perfecto en el amor” (1 Jn 4), y yo diría que el que teme no ha descubierto a Dios todavía.

Es como cuando los apóstoles que navegaban en su barca ven a Jesús caminar sobre el agua y, después del espanto que les causa, Pedro se anima a ir hacia Jesús, pero en su camino hacia el Señor se empezó a hundir, hasta que el Señor lo tomó de la mano y lo sacó del agua. “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”, le dice Jesús al apóstol falto de fe y lleno de miedos. Lo mismo nosotros, nuestros temores nos hacen hundirnos porque la fe no ha crecido.

Y en esta línea de confianza que pide Dios, señala el evangelio de este día:

“¿No se venden un par de gorriones por unas monedas? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza están contados. Por eso, no tengan miedo; no hay comparación entre ustedes y los gorriones (cf. Mt 10, 26-33)

El Doctor Antonio Cuello escribe una frase tan grande que parece tomada del Evangelio. Decía: “El mayor enemigo del hombre es el miedo; pero hay algo a lo que el miedo teme: la confianza en Dios”.

Es verdad, el miedo desaparece ante la luz de Dios. Hoy se ha puesto de moda mandar a cada momento mensaje “whatsapp” con largas advertencias de que hay peligro por todas partes, casi a invitarnos a no salir de la casa; en el ámbito de la fe, está sucediendo algo similar pues pululan videntes y mensajes que nos amenazan con el fin inminente del mundo, afirmando que la espada del castigo divino ya pende sobre la humanidad pecadora.

Yo creo que, sin cerrar los ojos a una realidad terrible en muchas cosas, ese camino, además de ser antievangélico, no lleva a nada. ¡El hombre crece en la fe por el amor, no por el temor! Por eso Jesús no dejaba de invitar a la confianza en Dios y a que construyéramos nuestras vidas por medio del amor, que es lo que vence al mal.

La persona que aprende a crecer en esa confianza, al paso de los años, su fe le habrá llevado a sentir la fuerza de la gracia que le permite descubrir el rostro de un Dios de bondad. Eso es lo que necesitan el mundo y nuestras familias: nuestro testimonio de fe confiada.

Para fortalecer nuestra fe, Jesús dejó a su Iglesia la bella oración del Padre Nuestro, que todo creyente puede decir desde que abre su conciencia a la vida, sabiendo que el Padre Bueno nos escucha. Pero, ¿qué nos diría Dios Padre a nosotros? Esa pregunta la hizo el Padre José Luis Martín Descalzo y compuso su “Padre Nuestro de Dios”, que yo más bien llamaría: “Hijo mío que estás en el mundo”. Dice así:

Hijo mío que estás en la tierra,

preocupado, solitario, tentado,

yo conozco perfectamente tu nombre

y lo pronuncio como santificándolo,

porque te amo.

No, no estás solo, sino habitado por Mí,

y juntos construimos este reino

del que tú vas a ser el heredero.

Me gusta que hagas mi voluntad

porque mi voluntad es que tú seas feliz

ya que la gloria de Dios es el hombre viviente.

Cuenta siempre conmigo

y tendrás el pan para hoy, no te preocupes,

sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.

Sabe que perdono todas tus ofensas

antes, incluso, de que las cometas,

por eso te pido que hagas lo mismo

con los que a ti te ofenden.

Para que nunca caigas en la tentación

Tómate fuerte de mi mano

y yo te libraré del mal,

pobre y querido hijo mío. Amén.

Tomado de TotusNoticias.com

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