¿Quién dices que soy yo?

18 Min de Lectura

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

¿Notaron ese nombre extraño que aparece en Isaías en el capítulo 22? Como señala el profeta, se trataba del mayordomo del palacio, Sebná, que es repudiado por Dios debido a que se había vuelto orgulloso, y abusivo, por lo que el Señor lo castigó quitándole el puesto. Entonces, en el reinado de Ezequías, Sebná vio cómo su poder y dignidad, pasaban a Eliaquín, quedando Sebná solamente como secretario. Dice el texto: “Te echaré de tu puesto y te destituiré de tu cargo. Aquel mismo día llamaré a mi siervo, a Eleacín, el hijo de Elcías; le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda y le traspasaré tus poderes” (Is 22, 19).

La pregunta lógica que sigue es: ¿y eso, qué tiene que ver? Significaba que ahora Eliaquín llevaría sobre sus hombros la llave de la casa de David, es decir, el control del palacio. De hecho, abrir y cerrar las puertas de la casa del rey era función propia del visir en Egipto, cuyo equivalente en Jerusalén era el mayordomo. Ahora entendemos por qué la liturgia nos regala este texto, para ponerlo en paralelo con el relato en el que Jesús otorga las llaves a Pedro, quien sería, desde entonces, custodio de la Iglesia. Y existe un elemento extra, y es que Isaías señala que el pueblo de Judá se había vuelto idólatra, desconociendo al Dios verdadero, por lo que perderían su puesto en la elección de Dios. En contraposición, Pedro, al reconocer la “identidad” de Jesús, enlaza con la historia de salvación, volviéndose ahora en el “servidor” y guardián de la Iglesia de Cristo.

Mateo nos hace ver que los judíos se han comportado como Sebná, llenos de orgullo y descuidados de las promesas proféticas, por lo que ahora, Dios va a elegir a un “pueblo” nuevo, y colocará a su cuidado a una persona elegida por Dios mismo, y confirmada por Jesús: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 16, 16-19).

Pero la pregunta sobre la identidad de Jesús no solamente es hecha a los apóstoles, sino que cada hombre que pisa esta tierra tiene que responder: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16, 15).

Existe una historia sobre el gran Santo Tomás de Aquino, que narra que en la soledad de la Iglesia de Santo Domingo, en Nápoles, recibió una invitación de un Cristo esculpido que estaba en la capilla, y que le indicaba que podía pedirle cualquier cosa, lo que quisiera, cualquier recompensa de este mundo.

G. K. Chesterton comenta esta historia en su biografía sobre el santo, donde dice que no nos imaginamos a Tomás pidiendo dinero, o la corona de Sicilia, ni un barrilito de vino añejo; en todo caso, sí, un manuscrito perdido de San Juan Crisóstomo, o la solución de un problema teológico, o mayor inteligencia… ¡Pero no! Santo Tomás se limitó a decirle al Cristo de la Iglesia de Nápoles:

– “Te elijo a ti, Señor.”

Tomás lo declara Dios, Señor y Salvador, bien absoluto y verdad única. Claro, estamos hablando de uno de los santos más grandes de la cristiandad, más, creo yo, que San Agustín, por su aportación teológica y filosófica. Un hombre que murió a los 48 o 49 años de edad, dejándonos una obra teológica todavía hoy no superada. Un verdadero enamorado de Cristo. Alguien que dedicó su vida a amarlo, a pensarlo, a estudiarlo y a hacerlo vida. Para Tomás, Jesús lo era todo. Coincido con Chesterton, que señalaba que la verdadera Reforma no fue la de Lutero (que hizo un retorno al peor pesimismo agustiniano), sino la de Santo Tomás y san Francisco, que hicieron posible el mundo moderno, aunque aún no se reconozca. Es cierto, ahora que vivimos tiempos de pesimismo, de idealismo trasnochado y subjetivismo, tenemos que volver al realismo tomista, que coloca a los seres humanos en el lugar correcto frente a Dios y la Creación.

Si Cristo nos preguntara hoy, lo mismo que a los apóstoles: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? ¿Qué responderíamos? Me he preguntado si realmente todos creemos con la misma fuerza y claridad en Jesús como Señor y Salvador, tal como lo dijo San Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 13-30).

Existe, además, una pregunta más profunda, implícita en esta: ¿De qué sirve creer en Jesús? ¿Por qué no Mahoma, Alá, o un Dios proclamado por los teístas o panteístas?

¿Por qué no la Pachamama o Tlaloc? Sabemos que nuestras respuesta a la pregunta de quién es Jesús determina mucho nuestro modo de entender la vida de fe y cómo la vivimos en el día a día, así como también sobre lo que esperamos después de la muerte.

A mí me llama más la atención que muchos cristianos tengan en su altar personal, junto a Jesús, a algún santo “milagroso”, o montones de imágenes que llenen su vacío interior. Vittorio Messori señala que todos, laicos y sacerdotes, hemos descafeinado la fe al punto de volverla neutral en todo. Platica Messori que, para muchos, luego de la misa dominical, con “ese aire de rutina entre los asistentes a la Misa, esa homilía funcionarial que extrae consecuencias moralizantes de una fe que se da por supuesta…”. Luego cita a Ignazio Silone, un convencido de Jesús que se sorpendía del poco impacto que tiene en los cristianos pensar sobre el fin de la historia y el juicio, diciendo que muchos esperamos este evento “con la misma euforia con la que se aguarda habitualmente el tranvía para ir todos los días a la oficina”. Es cierto, tal vez nuestra conversión no se ha dado del todo y por eso nuestra fe en Cristo es tan diluida o, como decía antes, tan descafeinada.

Cuando el periodista italiano Vittorio Messori platica su conversión, dice que él nació en un hogar católico y fue bautizado más bien por tradición, pero no por convicción. Luego fue a una escuela del Estado donde se convirtió más bien en un agnóstico y, más tarde, decidió estudiar Ciencias Políticas. El problema fue que, al paso del tiempo, en ninguna parte encontraba las respuestas a sus preguntas más importantes: “Casi acabando mis estudios me di cuenta de que la política sólo respondía a las penúltimas preguntas. Mientras las cosas van bien, uno está sano, es joven y posee algo de dinero, la religión le parece algo anacrónico, que no necesita para nada. En cambio, para contestar las últimas preguntas, esas que uno se formula cuando está solo, delante del espejo, o cuando reflexiona sobre el dolor o el mal, la política es claramente insuficiente”.

Así es, nada ni nadie puede darnos las últimas respuestas a las preguntas más profundas de la vida humana, si no es Jesús. Ese fue el descubrimiento de Messori, como lo fue de san Pedro o Santo Tomás de Aquino. De este modo, Messori confiesa: “Pienso que no se necesita pasión por el género policíaco para sentirse subyugado por (la historia de Jesús). Nos interesa a todos por el solo hecho de vivir. «Están ustedes embarcados», recuerda Pascal a cuantos tratan de eludir el problema del propio destino.

Antes del nacimiento y después de la muerte, la existencia humana se sumerge en lo desconocido. Parece acertado comparar nuestra condición a la de un viajero que se despierta en un tren que atraviesa la negrura de la noche. Sabe que el tren acabará por entrar en el túnel inevitable de la muerte, pero nada sabe de lo que hay después de ese misterioso túnel. «No hay nada», dirán algunos. Y es una opinión respetable, pero no dispone de pruebas, porque ninguno ha vuelto para contarnos el término del viaje, excepto Jesús. Él es, en efecto, el único hombre de quien se afirma con rigor histórico que atravesó el túnel de la muerte en los dos sentidos, y nos habló del más allá”.

Y Messori descubrió a Jesús como una ventana por la cual se pudo asomar y ver el misterio de Dios en todo su esplendor, expresado como un amor misericordioso inagotable; y por esa misma ventana, saber qué es Jesús, conocer plenamente al hombre, y reconocer que cada uno es una presencia viva y real de Cristo.

Tal vez el problema es que nuestra fe es todavía fruto de la costumbre, de las devociones, de la tradición familiar, pero no de un ENCUENTRO personal con Jesús. La razón es que no se ha filtrado esa presencia de Dios en cada célula de nuestro ser al punto de experimentar la necesidad vital de estar con Jesús totalmente, y decir como san Pablo:no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

Nos persignamos todos los días y llevamos una cruz en el pecho, pero este signo no es provocación para nuestra vida, ni hemos dado un solo paso para vivir la vocación del amor, como Jesús lo ordenó a sus discípulos.

La razón es que, como los apóstoles que convivieron con Cristo Jesús, que lo escucharon, lo vieron hacer prodigios, pero no terminaban por CREER, de verdad creer, que era el Hijo de Dios ni que el Nazareno fuera además la Palabra definitiva del Padre.

Ante el mal que destruye y la muerte que acecha, solamente Jesús da sentido a la vida individual de cada ser humano y de toda la humanidad. Es por eso que la Cruz se yergue como símbolo que cuestiona, que atrae, y que orienta también como una brújula, diciéndonos que, SI CREEMOS EN CRISTO, Y DECIMOS QUE ES EL MESÍAS Y EL HIJO DE DIOS, DEBEMOS VIVIR COMO ÉL Y AMAR COMO ÉL LO HIZO.

Esa es la consecuencia práctica de la fe verdadera.

Hemos olvidado que nada ni nadie se compara a Jesucristo. Nada ni nadie puede ocupar su lugar en la vida de cada uno de nosotros. Jesús es alguien más que un personaje de la historia humana, y su vida y su muerte es algo infinitamente más grande que cualquier otra vida que ha pisado este planeta; y su resurrección es la respuesta más añorada a cualquier pregunta que hayamos hecho sobre nuestro destino.

Creo que responder a la pregunta de Cristo sobre qué pensamos de él, deberá hacerse con honestidad, con entrega y con un cambio muy profundo de cada uno de nuestra escala de valores. Deberemos eliminar todos los ídolos que hemos levantado y, anclados en una fe sincera decirle, como Pedro: “tú eres el Mesías, el hijo de Dios”. Y así, cuando hayamos eliminado toda idolatría, reconocerle como el absoluto de nuestra fe y nuestra vida, convencidos de que Él es todo: Señor, a quién iremos, solo tú tienes palabras de vida eterna.

Hombres y mujeres han cambiado su vida después de conocer y seguir a Jesús. Fue para ellos un viraje tan radical que no volvieron a ser los mismos, pues su vida se llenó de dicha, de modo que todo el amor de que fueran capaces, tenía como fin expresar su fe en Cristo. Por eso decían de Jesús:

San Bernardo de Claraval decía: Jesús es miel para los labios, melodía para los oídos, júbilo para el corazón.

Teresa de Calcuta señalaba: Cristo es el amor que ama, es el camino para ser andado, la luz para ser encendida, la vida para ser vivida, el amor digno de ser amado.

San Ambrosio de Milán: Todo, absolutamente todo lo tenemos en Cristo, todo es Cristo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, Él es el médico. Si estás ardiendo de fiebre, Él es manantial. Si estás oprimido por la iniquidad, Él es justicia. Si tienes necesidad de ayuda, Él es vigor. Si temes a la muerte, Él es vida. Si deseas el cielo, Él es el camino. Si refugio de las tinieblas, Él es la luz. Si buscas manjar, Él es el alimento.

San Francisco de Asís: «Predica el Evangelio en todo momento y, si es necesario, usa las palabras».

San Felipe Neri: “Quien quiera algo que no sea Cristo, no sabe lo que quiere; quien pida algo que no sea Cristo, no sabe lo que pide; quien no trabaje por Cristo, no sabe lo que hace.”

C. S. Lewis: “Necesito a Jesús y no a algo que se le parezca”.

Dietrich Bonhoeffer: “El Cristianismo sin discipulado siempre es Cristianismo sin Cristo”.

Cada uno de nosotros debe, por lo tanto, responder a la pregunta que hizo Jesús: “¿Quién dices que soy yo?”. Yo pregunto a cada uno de ustedes lo mismo: ¿quién y qué es Jesús para ti? ¿Qué respondemos este día?…

Llevémonos hoy Jesús en la Eucaristía y en sus palabras. Dejemos que entre a lo más profundo de nuestro ser y transforme nuestras vidas en Él.

Tomado de TotusNoticias.com

Comparte este artículo
Salir de la versión móvil