V Domingo de Cuaresma
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
La gran pregunta que se hacen los estudiosos de la Biblia es por qué los evangelios sinópticos no comentan nada del pasaje de la llamada resurrección de Lázaro, mientras que Juan nos da detalles maravillosos y llenos de contenido sobre el milagro de devolverle la vida a un muerto (Jn 11, 1-45).
Los biblistas creen que Juan se vale de este relato para darnos dos simbolismos o dos horizontes: el primero es el judaísmo enfermo que ha agotado su fuerza, simbolizado por Lázaro, atrapado en el marco estrecho de la Ley y el ritualismo, y que ha rechazado a Jesús como el Mesías. Por el contrario, Marta y María son los símbolos de la Iglesia, que busca al Señor, reconociendo que Él es la fuente de la vida, y salvación. Esto lo entendemos por la alusión a la fiesta de La Dedicación que duraba 8 días, y recordaba la purificación del Templo por Judas Macabeo y sus hermanos, luego de la victoria sobre Antíoco IV. San Juan señala con ironía que es en el marco de esa fiesta de liberación que quieren destruir al enviado de Dios.
El segundo horizonte es el de los creyentes de todos los tiempos, que esperamos la vida y que hemos llegado, por la fe, a la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte. Y, si ponemos atención al evangelio de san Juan, para él cada acto de amor, de fe y de entrega son como “semillas de resurrección”, que debemos sembrar cada día pues, no hacerlo es, por decirlo de alguna forma, “vivir muertos”.
Algo que el evangelista desea que aprendamos, y me parece que es el mansaje para nosotros en esta Cuaresma, es que la vida es un regalo valiosísimo, y todos nosotros debemos aprender a enriquecerla cada día, sembrando esas “semillas de resurrección”. Un amigo me decía que la existencia es como un vaso con agua y cada uno lo va llenado de agua clara o sucia. Ese vaso es lo que llevaremos ante Dios el día de la muerte. Esa imagen me la compartió cuando me explicaba su conversión y su convicción de que luchaba para que su “agua” fuera más clara cada día.
El profeta Ezequiel (37, 12-14) advierte al pueblo exiliado que el Dios de la vida es capaz de sacar de unos huesos secos al Pueblo de Israel, para llevarlos a su tierra. Pablo, por su parte (Rom 8, 8-11), advierte a los romanos que vivir una “vida desordenada” es vivir en contra del Espíritu de Dios. Pero quien vive según el Espíritu de Dios tiene la confianza de que, aunque muera, Dios “les dará vida a sus cuerpos mortales”. Pero ¿qué tan conscientes somos de estas afirmaciones?
Lo que he visto es que la mayoría de la gente no vive su propia vida, sino que la ocupa. Hace lo que hace todo mundo, piensa lo que todo el mundo piensa, quiere lo que se supone que deba querer, y así se le pasan los días y luego los años. Eligen una carrera porque era bueno, razonable, siguen el ritmo de vida, porque a ese ritmo va la mayoría. Postergan cosas que les interesan, diciendo que ahora no es el momento, eliminando cualquier drama grande; no hay crisis, es sólo una sensación de que están, pero como que no están del todo.
Y Martin Heidegger le llamaba a esto la “existencia inauténtica”, no porque sea mala vida, simplemente es que no la siente suya, por eso no es auténtica esa existencia. Es duro de aceptar esto, además de que uno no se da cuenta enseguida, la mayoría no se da cuenta en el momento, sino cuando ya pasaron los años, descubre que no puede arreglar nada ya.
Por eso, creo que es importante dejar de vivir por inercia y comenzar a preguntarse muy, pero muy en serio, esto que estoy eligiendo en la vida, ¿lo estoy eligiendo yo? Tal vez debo entender que la vida no se pierde de un golpe, sino que la vida se va perdiendo de a poco. Pequeñas pérdidas que son como los pequeños gastos que hacemos con el dinero y después decimos: no entiendo a dónde se está yendo mi dinero. Eso que pasa con el dinero pasa con la vida, y es triste que, un día, casi al final, nos demos cuenta de no saber a dónde se fue nuestra vida. Martin Heidegger decía que la mayoría de la gente no vive su propia vida, sino que “la ocupa”; como el florero que está puesto sobre la mesa ocupando un lugar, que a nadie interesa. Eso nos lleva a la gran pregunta: ¿vivimos la vida o estamos ocupando un lugar solamente? ¿vivimos vivos o vivimos muertos?
Me imagino que Lázaro, luego de haber sido revivido, valoró de otra manera su vida y los instantes que se le concedían a partir de ese día. Eso nos lleva a la pregunta: ¿por qué debemos esperar la llegada de la muerte para valorar lo que se vivió o lo que no se vivió?
En su libro “El Aleph”, Jorge Luis Borges nos regaló algunos cuentos. De entre ellos está “El Inmortal” donde nos narra la historia de un hombre que buscó la ciudad de los inmortales y la encontró. Y era una construcción imposible. Escaleras que no llevaban a ningún sitio, puertas abiertas hacia muros, pasillos que descendían sin propósito alguno y allí vivían los inmortales. No tenían prisa por nada, no tenían urgencia, no tenían necesidad de decidir nada hoy, porque cuando todo es eterno entonces nada apremia. Y hay una línea en el cuento que creo que es muy descriptiva del asunto, y dice: “En la puerta de Tánger me encontré con Homero, creo que no nos dijimos adiós”. No hubo despedida, porque en la interminable existencia siempre existía la posibilidad de un nuevo encuentro.
Nosotros no somos infinitos, un día moriremos. Así que ese adiós nuestro, que implica la posibilidad de que pueda ser el último momento, es tan importante. Porque el que vive para siempre, no precisa terminar nada hoy. Recuerdo a un joven que regresó de un viaje, y se dolía hasta las lágrimas por no haber llegado a tiempo para decirle a su papá cuánto lo amaba y poder pedirle perdón, pero ya no había oportunidad de hacerlo.
Hay otra línea de Borges, que dice: “la muerte hace preciosos y patéticos a los hombres”. Y
¿saben por qué? Porque lo que puede acabarse importa, mientras que lo que no termina entonces puede postergarse. Y tal vez lo más valioso que podemos descubrir, es el reconocimiento, de que todo lo que hoy conoces, lo que tienes y puedes abrazar, podría terminar en cualquier momento, así que valóralo. Borges señalaba algo que Ignace Lepp había dicho antes, cuando dice que “poder dar sentido a nuestra muerte, convertirla, gracias al amor, en un acto de libertad, es mucho en verdad. De tal modo no experimentamos nuestra existencia como una vana y absurda agitación, sino como el cumplimiento de una tarea”. Luego, apunta certeramente el Padre Ignace: “Importa, pues, preguntarnos si existen posibilidades serias de triunfar realmente sobre la muerte”. La respuesta es sí, habiendo llenado la vida.
Sabemos que la muerte es “definitiva y definitoria”, porque no se puede corregir lo vivido, y porque llegará un día en que todo termine. Ni Marcel Proust pudo recuperar su historia con su nostálgica obra de 7 volúmenes, “En busca del tiempo perdido”, ni nosotros podemos desandar la vida para corregir errores. Recuerdo que, desde mis tiempos de seminario, la frase “sicut vita, finis ita” se me quedó grabada. “Así como fue tu vida, será tu muerte”. Pregunté a mi director espiritual, y me respondió que, si tu vida fue egoísta, centrada en lo material, si tu vida fue hedonista, sin otro horizonte que este mundo y los propios y materialistas intereses, ¡qué soledad sentirá aquel día último! ¡Cuánta necesidad sentiremos de corregir lo que no es posible deshacer! Y me decía: “que te defina el amor, que sea tuyo el deseo de perdonar y pedir perdón a los demás; que la vida esté llena de bellos recuerdos, actos de amor y de servicio, pero no de cosas…”. El mismo san Juan nos da la respuesta: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerta a la vida porque amamos a los hermanos”.
Es cierto. Jorge Manrique, hace más de 550 años, cuando muere su padre, le dedicó 15 páginas de poesía que se convertirían en una de las más bellas expresiones poéticas en lengua castellana. Y empieza con lo que hemos venido diciendo: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando”. Y el bueno de Don Jorge, moriría poco después de una cuchillada; es decir, le llegó la muerte “tan callando”, como nos llegará a todos.
Pero nosotros no esperamos revivir como Lázaro, sino que esperamos la resurrección en Cristo. Marta expresa su fe diciendo que toda historia llegará a su fin con el juicio final: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Marta señala algo sentimos todos en lo más profundo: tiene fe en Dios, pero quieren ir más lejos, llegar allá donde la muerte no puede reinar, que es el mundo de Dios y del amor. Pues bien, esta esperanza solamente la puede dar Cristo Resucitado. Este diálogo breve prepara la revelación más sublime de todo el evangelio, cuando Jesús declara:
Con Marta y María, con los miles de cristianos que han cerrado los ojos a la vida terrena para abrirlos en la eternidad, respondemos: “creo en la resurrección de los muertos, y en la vida eterna”.
Pero, también, san Juan es insistente al recordarnos a cada momento en sus textos que la “vida eterna” se va recibiendo ya desde ahora, en el momento en que aceptamos por la fe a Jesús y empezamos a vivir una vida nueva en Cristo, cumpliendo su mandamiento de amor; lo mismo la muerte eterna se empieza a vivir ya desde aquí cuando vivimos el desamor y odiamos al hermano. Dicho en otros términos, vivir en pecado es probar ya la muerte eterna; vivir la vida de Cristo es saborear la vida de Dios.
Así, es, hermanos, para San Juan la vida cristiana es, en esencia, una Pascua cotidiana. Es morir constantemente al pecado para dejar que la vida nueva resucitada vaya entrando poco a poco en la propia existencia. En unos días más empezaremos la Semana Santa en la que meditaremos sobre la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, pero, sobre todo, pondremos nuestra mirada en la vida resucitada que nos promete, es decir, la Pascua de Resurrección.
Mientras tanto, sembraremos semillas de resurrección en el “hoy” de nuestras vidas, contemplando la vida con la lupa del amor y ver todos esos desamores que cometemos y que tanto lastiman a los demás; reconociendo que a Dios no lo hemos amado como merece, y que ni siquiera hemos podido conocernos y aceptarnos como somos y tal como Dios nos acepta y nos ama. De verdad, necesitamos una fe resucitada…
Javier Pérez Benedí, comenta el evangelio de este día de la siguiente manera: Todos estamos, Señor,
simbolizados en «Lázaro»:
sin esperanza, sin vida, en el sepulcro enterrados.
Las vendas del egoísmo atan nuestros pies y manos. Despedimos mal olor.
No hay flores en nuestro campo.
Pero el sol de la esperanza nos despierta con sus rayos, al ver, Señor, que te acercas a nuestra tumba «llorando».
Tú, Señor, nos amas mucho y vas a hacer un milagro.
Quieres vencer nuestra muerte y arrancarnos de sus brazos.
«Soy resurrección. Soy vida», escuchamos de tus labios. «Quien cree en mí, ya no muere. Vida eterna le regalo».
Marta y María creyeron y resucitó su hermano.
Pon, Señor, brotes de vida en nuestros moldes de barro.
Dinos a todos nosotros: «Salid fuera, romped lazos. Gozad de la libertad.
Vivid ya resucitados.
La entrada Resucítanos, Señor, resucítanos se publicó primero en Totus Noticias.
Tomado de TotusNoticias.com

