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Portada » Seguir el camino mirando siempre la Cruz de Cristo
Evangelio del Domingo

Seguir el camino mirando siempre la Cruz de Cristo

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Última actualización: marzo 1, 2026 7:38 am
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17 Min de Lectura
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II Domingo de Cuaresma

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

II Domingo de Cuaresma“Cuando abres los ojos y ves el sol, a esta acción se le denomina VER. Cuando el profesor te dice que el sol es 322,000 veces mayor que la tierra, pues la ciencia lo demuestra, aunque tú no puedas verlo, se llama a eso SABER. Por último, si una mujer te dice que te quiere, tu madre, por ejemplo, aunque no pueda demostrártelo, y aunque tú no lo veas, aceptas esa palabra: se llama a esto CREER.Sigue diciendo Arias: la Cuaresma es un tiempo para estar de frente a Dios, “para decirle “sí” o “no”, para escogerse a sí mismo o abandonarse a un amor que llama y promete, pero que no coacciona. Que invita a la conversión porque sabe que lo que libera al hombre es el bien; porque sabe que el hombre siempre tendrá la tentación de dar un “no” a Dios para salvar su libertad que, en realidad, acabará esclavizándole, porque le asfixiará con las cadenas más odiosas para un hombre: “la incapacidad de amar”. Pero que no coacciona, porque Dios no se arrepentirá nunca de haber regalado al hombre el misterio, pavoroso y gozoso al mismo tiempo, de su libertad”.

Algo que llama la atención en los Evangelios es que Jesucristo siempre llama a una vida de plenitud y felicidad; invita a que todos descubramos nuestra vocación, y a que cada persona se comprometa con su propio destino. Para lograr esto, Jesús pide solamente colaborar en su Reino. Ahora bien, la construcción del Reino de Dios exige la entrega total de cada uno, el trabajo constante y, lo más importante, tener la seguridad y confianza de que Dios colabora con nosotros.

No obstante, lo anterior, podríamos caer en la falsa idea de que el hecho de ser bautizados y seguidores de Jesús nos garantiza el éxito de nuestras empresas. Pero no, Dios espera de cada uno de nosotros el don de todo lo que somos o tenemos, al estilo de Abraham, que por fidelidad y confianza a Dios no titubeó en entregar lo más preciado para él: su propio hijo. El Dios del Evangelio es un Dios que nos señala que hay momentos maravillosos en la vida, pero también nos advierte que hay tiempos que son difíciles, y que deben ser tomados con alegría, pues es en esos días que se prueba la fe.

Pero ¿qué es la fe para nosotros? ¿Qué es creer? No siempre es fácil responder a preguntas tan grandes como esas. Un día, leyendo a uno de los grandes católicos franceses, Jean Guitton, explicaba la fe de forma tan bella y simple, que vale la pena reproducir su explicación. Dice:

SABER es más hermoso que VER. Pero CREER es mucho más hermoso todavía que SABER, ya que en el acto de CREER hay mucho amor”.

En Abran se juntaron todo: SABÍA que Dios lo guiaba; pudo VER en el horizonte de la historia al pueblo que Dios le prometía, y CREYÓ con todo el amor que su viejo corazón le permitía, confiándose a la promesa de Dios. ¿Y los apóstoles? Supieron sobre la identidad del Hijo de Dios, lo VIERON como la manifestación del Padre y escucharon su voz que mandaba CREER a su palabra. Pero nosotros, tal vez lo que nos falta es un poco más de amor a Dios y a su Hijo Bienamado, para que la fe se convierta en la certeza del misterio de Dios que se revela.

¡Cómo nos gustaría permanecer en un estado emotivo de fe, o que toda la vida fuera dicha! Queremos una fe al estilo de San Pedro, que se siente tan bien con Jesús transfigurado y luminoso que se atreve a decirle: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Lc 9, 33). Pero, no olvidemos que, Moisés y Elías hablaban con Jesús “de la muerte que le esperaba en Jerusalén”. Y, para poder vivir el misterio pleno de muerte y vida, es decir, de Pascua, Dios Padre ofrece su Palabra Reveladora: «este es mi Hijo, mi elegido, escúchenlo» (v. 35).

Hoy, por desgracia, muchos que se dicen cristianos, no viven su vida plenamente ni su fe, sino que “sobre-viven”, esperando la muerte como meta a fin de su existencia, y eso porque su fe no está purificada. Por eso, el gran fruto de la fe verdadera es la “confianza”. Confianza de que Dios nos pide escuchar a Jesús y que, de nuestra parte, luchemos con ahínco contra toda forma de mal, y construyamos nuestras vidas por Él y en Él. ¡Ese es el reto!

Julián Marías, el reconocido filósofo español, en el primer volumen de sus Memorias, señala: “Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas; son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que, si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices”. Julián Marías nos advierte varias cosas, donde la más importante es la actitud de muchos de NO ARRIESGARSE A VIVIR; de no vivir a una carta.

Para vivir así, tenemos de ejemplo este día, en la lectura primera, la actitud de Abraham, el hombre de fe que arriesga a dejarlo todo; que se atreve a jugar lo más precioso que es su hijo; a confiarse solamente en una promesa vaga y en un futuro incierto. Abraham se juega todo por la fe, y al ofrecerse totalmente a Dios, alcanza la plenitud de la vida (cf. Gn 12, 1-4a).

Existe, sin embargo, un peligro en el camino de la fe: nos puede seducir la comodidad del pecado y el egoísmo; peor aún, nos puede vencer la mediocridad o un falso concepto de Dios.

San Pablo lo sabe, por eso, además de los judaizantes, advierte a la comunidad de los filipenses de otro tipo de personas que se dicen cristianos pero que rechazan la entrega en la fe; la versión literal del pasaje dice así: “Porque muchos —esos de quienes con frecuencia les hablaba y les hablo ahora llorando— se comportan como enemigos de la cruz de Cristo: su fin es la perdición, su dios el vientre, y su gloria la propia vergüenza, porque ponen el corazón en las cosas terrenas” (3, 18 – 19).

Mientras muchos de nosotros sigamos comportándonos como “enemigos de la cruz de Cristo”, vueltos solamente hacia “las cosas terrenas”, no sabremos lo que es vivir la vida a una carta, ni la dicha de descubrirse discípulo de Jesús, ni lo que significa la fe verdadera.

Juan Arias recordando su infancia, platicaba sus experiencias de la cuaresma en su comunidad. Dice lo siguiente: “la cuaresma que se presentaba a mi mirada tenía mucho de formalista, de superficial y hasta de escondido paganismo”. Reflexionaba más adelante: una cuaresma llena de ayunos, sacrificios, pero sin un cambio profundo en el interior, diciendo que esa actitud es repugnante a los ojos de Dios.

Es cierto, la CUARESMA es un tiempo denso que nos prepara a la Pascua, pues nos coloca ante Dios y ante nosotros mismos; pues la vida del cristiano no tiene términos medios: o se está con Cristo o se está en contra de él. Pablo pide a los filipenses: “hermanos míos muy queridos y añorados, mi gozo y mi corona, ¡permaneced así, queridísimos míos, firmes en el Señor!” (Flp. 4, 1); firmes significa fieles a Dios, creyentes de verdad.

En la cuaresma lo que sacrificamos o quemamos en el altar no es al propio hijo, como Abraham, tampoco son sacrificios de animales, sino que sacrificamos nuestra libertad mal orientada, que es lo más íntimo, lo más nuestro, lo más doloroso; sacrificamos nuestras imágenes idolátricas de Dios y nuestra religión formalista sin amor (cf. Gen 15, 5-12. 17-18).

Me preguntaba una persona que si podía comer tal tipo de carne en los días de Cuaresma. Abrió los ojos, cuando a modo de broma le dije: “la única que no se debe comer en Cuaresma y el resto del año es la del prójimo”. Nuestros padres y abuelos enfatizaban tanto los signos externos de la Cuaresma, que olvidaron que la finalidad es la CONVERSIÓN DEL CORAZÓN. Es como si en estos 40 días de llamado a la conversión, cada hombre piensa que debe decidir, de una vez para siempre, el destino de su vida y eternidad: o con Cristo o contra Cristo. Y lo que Dios espera de cada uno de nosotros es el “sacrificio” de nuestra libertad egoísta que debe ser cambiada al don libre en el amor.

Queda la pregunta: ¿Cómo podemos hacer esta necesaria “transfiguración” en esta Cuaresma? Se puede resumir en una frase: Escuchando y obedeciendo a Jesús. El Padre Bruckberger así lo señala: “Pero desde la teofanía de la transfiguración sobre el monte Tabor, Dios, habiéndolo dicho todo en su Hijo queda ya “mudo”. A todas las solicitudes de salir del silencio con revelaciones particulares, Dios podría replicar: ‘Puesto que te he dicho ya todas las cosas en mi Palabra que es mi Hijo, no tengo más palabra que pueda ahora responderte, ni revelarte más que eso. Fija los ojos en Jesús solamente, pues en Él lo he dicho todo, lo he revelado todo, y encontrarás en Él más de lo que deseas o preguntas… Si fijas los ojos en Él, lo encontraras todo, pues Él es toda mi palabra y Él es mi respuesta’ …”.

Giovanni Guareschi, periodista italiano, volvió famoso en Italia a su personaje literario, el sacerdote llamado Camilo. Aparecieron varios libros en donde el cura de pueblo es el protagonista. Yo me deleitaba leyendo sobre los pleitos que tenía con alcaide del pueblo, un supuesto comunista ateo llamado Pepone, así como los diálogos que tenía Camilo con el Cristo del altar de su parroquia. En una ocasión, se encuentra el Padre Camilo desorientado y no sabe qué camino tomar, pues muchos se alejan de la parroquia, pues no aceptan la Ley de Dios; entonces el Cristo del altar le habla al Padre Camilo:

Don Camilo alzó los ojos al cielo.

-Jesús, ¿Y qué puedo hacer ahora? ¿Quedarme quieto mientras los demás caminan?

– Camina, don Camilo, camina derecho por el camino del Señor. Y si te encuentras con alguien que va por el mismo camino, alégrate en lo más hondo de tu corazón. Y si en algún momento te encuentras solo porque los que iban a tu lado se han salido del camino del Señor para ir por un atajo, ponte triste, pero sigue por el camino del Señor. Llámalos a gritos, diles que vuelvan al camino verdadero, pero no te salgas del camino del Señor. ¡Eso nunca! ¡Nunca, don Camilo! Que no te tiente cuando veas que el atajo que ha cogido el que iba contigo vuelve a salir poco después al camino del Señor y lo acorta. En el camino del Señor no hay ningún atajo. El que se sale del camino del bien, aunque sólo sea por un instante, va por el camino del mal. Si siempre vas por el camino del bien, serás la voz que grita a los caminantes, que se han salido del camino verdadero, que vuelvan a él.

Don Camilo inclinó la cabeza.

-Jesús, susurró, ¡haz que nunca me desoriente!

-Don Camilo, -respondió Cristo- si mantienes siempre fija tu mirada en la Señal que hay en la cima del monte (es decir la Cruz), donde termina el camino terreno del bien y donde empieza el camino del cielo, nunca te equivocarás. Y si en algún momento no lo ves, es que te has salido del camino, porque el que va por el camino verdadero nunca deja de verlo. Vuelve al camino verdadero y volverás a ver la señal. In hoc signo vinces (con este signo vencerás).

-Venceremos, susurró humildemente don Camilo.

Muchos habían abandonado al cura Camilo que los invitaba a la conversión, y a pesar de sus reclamos, lo van dejando solo; así se entiende la cita. Pero nosotros lo aplicamos a este mundo desorientado, violento, falto de fe, que ya no quiere el camino liberador del amor, sino el de la venganza y el del odio; el mundo de las ideologías y la guerra. Un mundo marcado por el mal y que nos puede llevar por otro camino que, sabemos, es de muerte. Por eso debemos retomar el camino de la fe; mirar a lo alto la cruz de Cristo y seguir su mensaje, aunque este llamado nos lleve por la Pasión, ya que sabemos que termina con la Pascua de la Resurrección.

Este camino Cuaresmal, Dios nos invita a contemplar a su Hijo, a escucharlo, obedecerlo, y seguirlo hasta el Calvario, para poder vivir con Él la Pascua de Vida resucitada. Una Cuaresma en la que no deberemos perder de vista a Cristo, su Cruz y su Ley de amor, convirtiéndonos y viviendo la vida a “una carta”. Todavía en el camino cuaresmal hay ídolos que destruir, egoísmo que vencer y falta de fe que debemos sanar. Hoy Jesús se queda con nosotros en la Eucaristía; pidamos que nos hable, pues sabemos que solamente a Él podemos decir las palabras del Salmo (26): “Tú eres mi único auxilio; no me abandones ni me dejes solo, Dios y salvador mío”.

Tomado de TotusNoticias.com

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